Mi relación con la comida empezó en casa. Crecí en una familia ecuatoriana donde muchas conversaciones importantes ocurrían alrededor de una mesa, y donde las recetas que más recuerdo eran las de mi abuela. Mucho antes de fotografiar restaurantes, fotografiaba esos platos.
Recetas que se aprenden mirando
En mi casa las recetas no estaban escritas. Se aprendían observando: cuánto tiempo dejar algo al fuego, cuándo añadir un ingrediente, cómo saber que un plato estaba listo. Esa forma de cocinar, sin prisas y con atención, es la que todavía busco cuando entro en una cocina.
Ingredientes que reconoces de inmediato
Hay sabores que se identifican antes de mirar el plato. El maíz, el plátano, los hervidos, las sopas que reconfortan, los ajíes que acompañan casi todo. Cuando los encuentro en Miami, la sensación es inmediata: es como volver a casa por un momento.
Sabores ligados a la familia
La comida ecuatoriana, como tantas cocinas latinoamericanas, está hecha para compartir. Los platos llegan al centro de la mesa y la comida se alarga en conversación. Por eso, para mí, un buen restaurante ecuatoriano no se mide solo por el sabor, sino también por esa sensación de reunión.
Encontrar Ecuador en Miami
Miami tiene una comunidad latinoamericana enorme, y dentro de ella hay lugares que mantienen vivas las recetas de origen. Descubrirlos no es solo encontrar un restaurante: es reconocer recuerdos, ingredientes y maneras de compartir que forman parte de quién soy.
Esa conexión con la cocina ecuatoriana no es un límite, sino mi punto de partida. Desde ahí empecé a interesarme por otras cocinas, y desde ahí sigo mirando cada plato. La comida guarda memoria, y en Miami esa memoria sigue llegando a la mesa.